Oxford me enseñó sobre la valentía
Sala de Música Holywell, Universidad de Oxford

Buenas tardes a todos,
Es un gran honor hablar hoy en nombre de esta promoción.
Este momento significa muchísimo para todos nosotros, porque sabemos que no fue fácil llegar hasta aquí.
Sabemos lo que implicó llegar hasta aquí y lo que implicó permanecer aquí.
Graduarse en Oxford conlleva un peso extraordinario.
Oxford no es solo una universidad.
Es un nombre que lleva consigo historia, excelencia y expectativas.
Para muchos de nosotros, era algo lejano, casi inalcanzable, algo que admirábamos desde lejos antes de imaginar siquiera que podríamos pertenecer a ello.
Y, sin embargo, aquí estamos.
No porque el camino fuera fácil, sino porque seguimos recorriéndolo.
Para mí, este momento es profundamente personal.
El inglés no es mi lengua materna.
Pertenezco al pueblo etnolingüístico karay-a.
Crecí con un trastorno del habla.
Y el primer libro que tuve en inglés fue un diccionario de Oxford.
Así que estar aquí ahora, en Oxford, hablando hoy en esta ceremonia, es algo que jamás habría podido imaginar cuando empecé a esforzarme por entender las palabras en inglés.
Es un momento en el que se cierra un círculo, y eso me llena profundamente de humildad.
Una niña que conoció el inglés por primera vez a través de un diccionario de Oxford ahora se gradúa en Oxford.
Eso es algo que llevaré conmigo con gratitud por el resto de mi vida.
Pero, aunque esa es mi historia, lo que más me conmueve hoy es la historia de esta promoción.
Porque cuando nos miro, no veo solamente logros.
Veo valentía.
Valentía de verdad.
De esa clase de valentía que a menudo pasa desapercibida.
De esa clase de valentía que no se anuncia a sí misma.
De esa clase de valentía que aparece en silencio, en la decisión de seguir adelante.
Algunos de nuestros compañeros saben lo que significa viajar 48 horas en tren y luego tomar asiento en esta sala.
Algunos cruzaron dos, tres e incluso cuatro países, en medio de la guerra, para estar hoy aquí en este asiento.

