Oxford me enseñó sobre la valentía
Sala de Música Holywell, Universidad de Oxford

Buenas tardes a todos,
Es un gran honor hablar hoy en nombre de esta promoción.
Este momento significa muchísimo para todos nosotros, porque sabemos que no fue fácil llegar hasta aquí.
Sabemos lo que implicó llegar hasta aquí y lo que implicó permanecer aquí.
Graduarse en Oxford conlleva un peso extraordinario.
Oxford no es solo una universidad.
Es un nombre que lleva consigo historia, excelencia y expectativas.
Para muchos de nosotros, era algo lejano, casi inalcanzable, algo que admirábamos desde lejos antes de imaginar siquiera que podríamos pertenecer a ello.
Y, sin embargo, aquí estamos.
No porque el camino fuera fácil, sino porque seguimos recorriéndolo.
Para mí, este momento es profundamente personal.
El inglés no es mi lengua materna.
Pertenezco al pueblo etnolingüístico karay-a.
Crecí con un trastorno del habla.
Y el primer libro que tuve en inglés fue un diccionario de Oxford.
Así que estar aquí ahora, en Oxford, hablando hoy en esta ceremonia, es algo que jamás habría podido imaginar cuando empecé a esforzarme por entender las palabras en inglés.
Es un momento en el que se cierra un círculo, y eso me llena profundamente de humildad.
Una niña que conoció el inglés por primera vez a través de un diccionario de Oxford ahora se gradúa en Oxford.
Eso es algo que llevaré conmigo con gratitud por el resto de mi vida.
Pero, aunque esa es mi historia, lo que más me conmueve hoy es la historia de esta promoción.
Porque cuando nos miro, no veo solamente logros.
Veo valentía.
Valentía de verdad.
De esa clase de valentía que a menudo pasa desapercibida.
De esa clase de valentía que no se anuncia a sí misma.
De esa clase de valentía que aparece en silencio, en la decisión de seguir adelante.
Algunos de nuestros compañeros saben lo que significa viajar 48 horas en tren y luego tomar asiento en esta sala.
Algunos cruzaron dos, tres e incluso cuatro países, en medio de la guerra, para estar hoy aquí en este asiento.
Algunos saben lo que significa regresar a un lugar donde puede haber días, a veces semanas, sin calefacción.
Vivir en la incertidumbre, intentar descansar en la incertidumbre, seguir adelante en la incertidumbre.
Algunos saben lo que significa hacer trabajos en grupo mientras se escuchan bombardeos y drones de fondo.
Y eso cambia el significado de ciertas palabras.
Porque, para la mayoría de las personas de esta promoción, la crisis no es un caso de estudio.
No es un concepto abstracto.
No es un ejercicio de aula.
No es un marco teórico en una lista de lecturas.
Es algo vivido.
Es el sonido de drones sobrevolando.
Es el sonido de bombardeos en medio de una conversación.
Es el mensaje de casa que temes abrir.
Es preguntarte si tu familia está abrigada, a salvo, viva.
Así que cuando hablamos en clase de crisis, conflicto, disrupción e inestabilidad, muchos en esta sala no hablan desde la distancia.
Hablan desde la vida.
Hablan desde la memoria.
Hablan desde la experiencia.
Y eso requiere un tipo distinto de valentía.
La valentía de seguir aprendiendo en presencia del miedo.
La valentía de contribuir a las discusiones en clase mientras se cargan realidades demasiado pesadas para que esta sala pueda contenerlas por completo.
La valentía de recorrer esas distancias, cruzar esas fronteras y aun así volver a estudiar mientras una parte de tu corazón permanece en otro lugar.
Y esa valentía no se limita a la guerra.
Algunos están gestionando su negocio además de su trabajo.
Algunos están tratando de ser padre y madre, hijo e hija, al mismo tiempo que intentan ser estudiantes aquí.
Algunos cargan con responsabilidades que no se detienen simplemente porque haya una lectura que terminar, un trabajo que escribir o una clase a la que asistir.
La valentía se encuentra en quienes estudiaron mientras trabajaban a tiempo completo.
En quienes siguieron adelante mientras estaban de duelo.
En quienes cuidaron de hijos, padres, hermanos y comunidades, mientras seguían cumpliendo plazos, asistiendo a clases y escribiendo trabajos.

